Es un silencio que ha dicho: Sí, otortgo. Un silencio tirano que ha contestado sin contar con nadie y les ha ordenado besarse y acariciarse y besarse y besarse, y se lo ha cantado los dos al odio, como una coplilla, contento de ternerlos en su reino, en donde las palabras sobran.
[...]
La selva entera se convulsiona cuando las gotas se estrella en su meta, anegando la tierra y clavandose en ella. Y el universo se convierte en inundación y vitalidad, y don Severino y la doctora que se desbordan, que se desbocan, que rebosan... y se deshacen.
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